Alfred Sisley nació en 1839 en París, en el seno de una familia británica acomodada. Aunque fue enviado a Londres para formarse en el comercio, pronto descubrió que su verdadera vocación era la pintura. De regreso en París, ingresó al taller de Charles Gleyre, donde conoció a jóvenes artistas como Claude Monet y Pierre-Auguste Renoir. Con ellos formaría parte del grupo que más tarde daría origen al movimiento impresionista, una corriente que revolucionó la pintura al centrarse en la luz, el color y la captación de instantes fugaces de la naturaleza.
A diferencia de muchos de sus compañeros, Sisley se dedicó casi exclusivamente al paisaje. No se interesó demasiado por el retrato ni por las escenas urbanas modernas; su mirada se dirigía al campo, a los ríos, a los caminos y a los pequeños pueblos franceses. Pintaba al aire libre, buscando captar los cambios de la luz y las variaciones del clima con una sensibilidad muy delicada. Sus obras transmiten serenidad, equilibrio y una profunda armonía con la naturaleza, lo que refleja también su temperamento reservado y constante. Fue uno de los miembros más fieles al estilo impresionista, sin desviarse hacia otras corrientes ni adaptarse a modas pasajeras
Sin embargo, su vida estuvo marcada por dificultades económicas. La Guerra Franco-Prusiana arruinó el negocio familiar y lo dejó sin apoyo financiero. Mientras otros impresionistas comenzaron a obtener reconocimiento y ventas importantes, Sisley vivió casi siempre con recursos limitados. A pesar de ello, nunca abandonó su vocación ni modificó su estilo para agradar al mercado. Esa perseverancia demuestra su compromiso sincero con el arte y su fidelidad a su visión personal, incluso en momentos de incertidumbre y frustración.
En sus últimos años se estableció en Moret-sur-Loing, donde continuó pintando paisajes tranquilos y luminosos hasta su muerte en 1899. Aunque durante su vida no alcanzó la fama de algunos de sus compañeros, hoy se le reconoce como uno de los representantes más puros del impresionismo. Su obra, apreciada por su delicadeza y coherencia, ocupa un lugar fundamental en la historia del arte del siglo XIX y sigue siendo admirada por la sensibilidad y calma que transmite.
.jpg)





.jpg)


.jpg)










.jpeg)



.jpeg)
