jueves, 29 de enero de 2026

Jeanne Hébuterne y Amedeo Modigliani.

Jeanne Hébuterne fue una joven pintora y modelo francesa nacida en 1898, recordada sobre todo por su intensa y trágica relación con el artista italiano Amedeo Modigliani. Provenía de una familia católica, conservadora y de clase media, lo que contrastaba fuertemente con el ambiente bohemio y transgresor del París artístico de principios del siglo XX.



Jeanne era una mujer reservada, de belleza delicada y melancólica, con grandes ojos claros que Modigliani retrató una y otra vez en sus pinturas. Aunque durante mucho tiempo fue vista solo como “la musa” del artista, hoy se reconoce que también tenía talento propio como pintora, aunque su obra quedó eclipsada por la fama y el drama que rodearon su vida.




Jeanne y Amedeo Modigliani se conocieron alrededor de 1917 en París, probablemente en la Académie Colarossi o en los círculos artísticos de Montparnasse, donde se reunían pintores, escritores y poetas de vanguardia. Modigliani ya era conocido por su estilo único, sus retratos de cuellos alargados y rostros estilizados, así como por su vida marcada por el alcohol, las drogas y una salud frágil. A pesar de la diferencia de edad (él tenía más de treinta años y ella apenas diecinueve), surgió entre ellos una relación profunda y apasionada. Jeanne se enamoró intensamente de Modigliani y decidió acompañarlo, incluso enfrentándose a la desaprobación total de su familia, que nunca aceptó la relación.



La vida juntos estuvo marcada por el amor, pero también por la pobreza, la enfermedad y el aislamiento. Modigliani sufría de tuberculosis, agravada por sus excesos, y tenía grandes dificultades para vender su obra en vida. Jeanne, silenciosa y leal, se convirtió en su principal apoyo emocional, posando incansablemente para él y cuidándolo en medio de constantes mudanzas y penurias económicas. Tuvieron una hija en 1918, Jeanne Modigliani, y al año siguiente Jeanne quedó nuevamente embarazada. A pesar de las dificultades, los testimonios coinciden en que existía entre ellos un vínculo profundo, casi desesperado, en el que el arte y la vida se confundían.



En enero de 1920, la tragedia se consumó. Modigliani murió con apenas 35 años a causa de una meningitis tuberculosa. Jeanne, devastada por la pérdida, tenía nueve meses de embarazo y estaba completamente sola, ya que su familia solo reapareció para llevársela a la fuerza tras la muerte del artista. Dos días después del funeral de Modigliani, Jeanne Hébuterne, sumida en una profunda desesperación, se arrojó desde la ventana de un quinto piso y murió junto con el hijo que esperaba. Tenía solo 21 años. Su muerte conmocionó al entorno artístico y selló para siempre la imagen de esta historia como una de las más trágicas del arte moderno.




Durante años, Jeanne fue enterrada en una tumba separada, sin reconocimiento, debido al rechazo persistente de su familia hacia Modigliani. No fue sino hasta una década más tarde que sus restos fueron trasladados junto a los de él en el cementerio de Père-Lachaise, con una inscripción que la recuerda como “la devota compañera hasta el sacrificio extremo”. Hoy, la figura de Jeanne Hébuterne se revisita con una mirada más justa: no solo como la amante trágica de un genio, sino como una joven artista cuya vida y obra fueron truncadas por las circunstancias, el amor absoluto y un destino cruel que sigue conmoviendo al mundo.





Bibliografía : El Poder del Arte


lunes, 26 de enero de 2026

El Castillo de Bellver es uno de los monumentos más singulares de Mallorca



El Castillo de Bellver es uno de los monumentos más singulares de Mallorca y una de las fortalezas medievales más sorprendentes de Europa. Su historia se remonta a comienzos del siglo XIV, cuando fue mandado construir por el rey Jaime II de Mallorca como residencia real y fortaleza defensiva. A lo largo de los siglos, el castillo ha tenido múltiples funciones: palacio, prisión militar y hoy en día museo. Su nombre, “Bellver”, significa “bella vista”, un término que describe perfectamente la impresión que produce tanto por su ubicación como por las panorámicas que ofrece sobre Palma y la bahía.




La construcción del castillo comenzó alrededor del año 1300 y se llevó a cabo con piedra marés, un material típico de las Islas Baleares, fácil de trabajar pero resistente. Fue diseñado para cumplir funciones tanto residenciales como defensivas, algo habitual en las edificaciones reales de la época. La obra se realizó con gran precisión arquitectónica, lo que ha permitido que el castillo llegue hasta nuestros días en un excelente estado de conservación, a pesar de los siglos y de los distintos usos que ha tenido.


Uno de los aspectos más llamativos del Castillo de Bellver es su planta circular, un rasgo extremadamente poco común en la arquitectura militar medieval. Esta forma le otorga una armonía visual muy especial y, al mismo tiempo, una gran eficacia defensiva. En el centro se encuentra un patio también circular, rodeado por dos niveles de galerías con arcos góticos que aportan ligereza y elegancia al conjunto, creando un contraste entre la solidez exterior y la delicadeza interior.






El estilo arquitectónico del castillo es el gótico, aunque adaptado a las necesidades de una fortaleza. Se aprecia en los arcos apuntados, las bóvedas y la disposición de los espacios, pensados para combinar comodidad y protección. A diferencia de otros castillos puramente militares, Bellver muestra una clara intención estética, lo que refuerza su carácter de palacio real. Esta combinación de belleza y funcionalidad hace que el edificio sea único dentro del patrimonio histórico español.



Desde el punto de vista estratégico, el castillo se encuentra situado sobre una colina a unos 112 metros sobre el nivel del mar, dominando la ciudad de Palma y su puerto. Esta ubicación permitía vigilar posibles ataques desde el mar y controlar los accesos terrestres, convirtiéndolo en un punto clave para la defensa de la isla. Además, su posición elevada lo hacía difícil de asaltar y facilitaba la comunicación visual con otros puntos defensivos.



Una de las curiosidades más llamativas del Castillo de Bellver es que es uno de los pocos castillos circulares de Europa y el único de este tipo en España. Esta forma no fue solo estética: permitía una mejor defensa, ya que eliminaba los ángulos muertos y facilitaba la vigilancia continua desde cualquier punto de la muralla.





Aunque fue construido como residencia real, durante siglos el castillo tuvo un uso muy distinto: sirvió como prisión. En sus estancias estuvieron encarcelados personajes ilustres, como Gaspar Melchor de Jovellanos, político y pensador ilustrado, quien aprovechó su reclusión para escribir y estudiar, dejando valiosos testimonios sobre la isla y el propio castillo.




Otra curiosidad es que la torre del homenaje no está unida directamente al edificio principal, sino separada por un pequeño puente. Esto permitía aislarla en caso de asedio y convertirla en el último refugio defensivo. Desde allí se tiene una de las vistas más amplias de Palma y su bahía, lo que refuerza el significado del nombre “Bellver”.





Durante el siglo XIX, el castillo fue utilizado como prisión para soldados y prisioneros políticos, especialmente tras conflictos militares. En aquella época, las condiciones eran duras y muchas de las salas nobles se transformaron en celdas, alterando temporalmente su función original como palacio.



Se dice que en noches tranquilas, cuando el castillo queda en silencio, el lugar transmite una sensación muy especial, fruto de los siglos de historia acumulada entre sus muros. No faltan leyendas locales que hablan de ecos del pasado y de la fuerte carga histórica que aún parece permanecer en el ambiente.


Hoy, lejos de su pasado bélico y penitenciario, el Castillo de Bellver es sede del Museo de Historia de la Ciudad de Palma y escenario de conciertos y actos culturales. Esta transformación es, en sí misma, una curiosidad: un lugar pensado para la defensa y el encierro convertido en un espacio abierto al conocimiento, la música y la contemplación del paisaje.







El Castillo de Bellver no solo es un testimonio del pasado medieval de Mallorca, sino también un lugar desde el que se puede comprender la relación entre la ciudad, el paisaje y el poder. Caminar por sus murallas y contemplar el entorno permite imaginar la vida de quienes lo habitaron y defendieron. Es un espacio donde la historia, la arquitectura y la naturaleza se unen, dejando una impresión profunda en quienes lo visitan y lo observan a través de fotografías o palabras.



Bibliografía. El Poder del Arte 

viernes, 19 de diciembre de 2025

René Magritte y su esposa Georgette con varios perros de raza pomerania.



René Magritte y su esposa Georgette compartieron su vida cotidiana con varios perros de raza pomerania, a los que dieron una importancia especial dentro de su entorno doméstico. Estos animales no fueron solo compañeros afectivos, sino una presencia constante en fotografías y, en algunos casos, en la obra pictórica del artista. A lo largo de los años, el matrimonio tuvo más de un perro y solía reutilizar los mismos nombres, especialmente Loulou y Jackie, lo que ha generado confusión al intentar identificar a cada animal en las imágenes conservadas.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Bruselas en torno a 1944, está documentada la convivencia de al menos dos pomeranos: uno blanco, conocido como Loulou, y otro oscuro o negro, llamado Jackie. Ambos aparecen en fotografías domésticas de la época, algunas de ellas con la presencia de Georgette, lo que refuerza la idea de una vida íntima y familiar en contraste con el clima difícil del momento histórico. Estas imágenes muestran a Magritte en un entorno sencillo, alejado de la pose pública del pintor surrealista.


René Magritte (1898–1967) fue uno de los principales representantes del surrealismo, conocido por una obra que cuestiona la relación entre las imágenes, las palabras y la realidad. Formado en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, desarrolló un estilo figurativo de apariencia sencilla y casi realista, pero cargado de paradojas visuales y conceptuales: objetos cotidianos colocados en contextos inesperados, juegos entre lo visible y lo oculto, y una constante reflexión sobre el engaño de la percepción. A diferencia de otros surrealistas más oníricos o gestuales, Magritte trabajó con una pintura clara, precisa y fría, utilizando bombines, nubes, manzanas, cortinas y figuras anónimas como símbolos recurrentes. Su obra no busca provocar por el sueño, sino hacer pensar, convirtiéndolo en uno de los artistas más influyentes del arte del siglo XX.


Fue en 1943, en el apogeo de la Segunda Guerra Mundial y en las horas más oscuras de la Bélgica ocupada, que Magritte se decidió por el estilo impresionista. Después de leer un libro sobre el movimiento, se enamoró de los tonos cálidos de Renoir, reinterpretando algunas de sus pinturas como Les grandes baigneuses o Le Berger. Este período le permitió evitar la penumbra de la vida cotidiana durante la Ocupación y abordar temas más serios mientras continuaba su investigación pictórica.


Jackie está claramente identificado en la pintura Le Civilisateur (1944), donde Magritte retrata a su perro con una solemnidad casi humana, elevando al animal a la categoría de sujeto digno de representación artística. Loulou, por su parte, aparece con mayor frecuencia en fotografías, sobre todo como un perro blanco y vivaz, símbolo de compañía y afecto constante. No existe evidencia de que fueran el mismo perro con distintos nombres; por el contrario, todo indica que eran perros distintos, y que durante un tiempo pudieron convivir en el mismo hogar.



El apego de Georgette y Rene Magritte, una pareja sin hijos, por su mascota Jackie, al igual que por todos aquellos animales que acompañaron al matrimonio desde 1922, era bien conocido por el público. Le Civilisateur es un retrato de Jackie, el tercer Lulú de Pomerania adoptado por la pareja, que se presentará el 12 de diciembre en Wannenes con un precio estimado entre 800.000 y 1’2 millones de euros. Al igual que los otros elementos que se encuentran en la composición, el perro no es ajeno al vocabulario plástico del pintor, y aparece repetidamente a través de su trabajo. Mucho más que una pintura de circunstancias, Le Civilisateur tiene este pequeño toque "impresionista" que Magritte insertó en su práctica durante su "période solaire", o como él mismo lo definió, su "período Renoir".

Como anécdota, se sabe que cuando en diciembre de 1965, Rene Magritte hizo su primer y único viaje a Estados Unidos con motivo de su retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, le preocupaba si su compañero sería admitió en el avión y si los hoteles estadounidenses tolerarían a los perros.



El tema de los animales humanizados se mostró sucesivamente en la obra de Magritte en 1944 como el caballo de Le météore, el cerdo de La bonne fortune o el búho de Le somnambule. En una carta de junio de 1944 acompañada de un boceto, Magritte le confía a su amigo el escritor y fotógrafo surrealista belga Marcel Mariën: "Es curioso, creo, ver la figura humana reemplazada por animales, que parece ilustrar mejor la vida. (La vida real, diferente de aquella que construyen los hombres de Estado)".

Magritte hizo una segunda versión de la obra solo dos meses después, en agosto de 1944, en la que se muestra a su perro de perfil frente a un paisaje brillante. Esta segunda interpretación del Civilisateur ocurre cuando Magritte abandona el formato rectangular de sus pinturas, demasiado común y adopta el formato de viñeta.





En conjunto, la presencia de Loulou y Jackie revela una faceta íntima de Magritte: la de un hombre profundamente ligado a su vida doméstica, a su esposa y a sus animales. Estas imágenes y referencias no solo documentan la historia personal del artista, sino que aportan una dimensión más humana y tierna a su figura, recordándonos que, detrás del surrealismo y del misterio de su obra, existía una vida cotidiana marcada por el afecto, la rutina y la lealtad silenciosa de sus perros.










Bibliografía : El poder del Arte
                     ttps://www.barnebys.es/blog/una-obra-de-rene-magritte-llega-a-subasta



 



miércoles, 17 de diciembre de 2025

"Elizabeth Throckmorton, Canoness of the Order of the Dames Augustines Anglaises", realizada en 1729 por el pintor francés Nicolas de Largillierre (1656-1746)

  
"Elizabeth Throckmorton, Canoness of the Order of the Dames Augustines Anglaises", realizada en 1729 por el pintor francés Nicolas de Largillierre (1656-1746) y con unas dimensiones de 115,6 x 89,5 cm. Actualmente se conserva en Museo Nacional de Arte Washington DC _ Estados Unidos.

Es un magnífico ejemplo del retrato religioso y aristocrático del barroco tardío francés. La obra muestra a Elizabeth Throckmorton, miembro de una importante familia católica inglesa, representada con gran sobriedad y dignidad como canonisa de la orden de las Agustinas inglesas. Largillierre consigue un equilibrio perfecto entre retrato individual y representación espiritual, alejándose del exceso decorativo para centrarse en la presencia serena de la figura.


Nicolas de Largillierre es considerado uno de los grandes retratistas del barroco tardío en Francia, conocido sobre todo por sus retratos elegantes y detallados, en los que combinaba realismo con una rica paleta de colores y un sentido refinado de la textura y los tejidos. Fue muy valorado en su época por la corte francesa y por coleccionistas privados, y su obra muestra influencia del arte flamenco y del barroco tardío, con especial habilidad para captar la personalidad de sus retratados y la calidad táctil de los materiales (como sedas, encajes y pieles).





La composición es sencilla y eficaz: la religiosa aparece de medio cuerpo, ligeramente girada, sosteniendo un libro de devoción, símbolo de vida contemplativa y disciplina espiritual. El fondo oscuro y neutro elimina cualquier distracción, permitiendo que la atención se concentre en el rostro y en el hábito. La luz, suave y controlada, modela delicadamente las facciones y realza los volúmenes del vestido, aportando profundidad sin dramatismo excesivo.



Uno de los aspectos más notables de esta obra es la sensibilidad psicológica con la que Largillierre retrata a la canonisa. Su expresión es calmada, introspectiva, casi silenciosa, transmitiendo recogimiento interior y autoridad moral. No se trata de un retrato idealizado, sino profundamente humano, donde el pintor revela su extraordinaria capacidad para captar el carácter del modelo incluso en un contexto religioso austero.



Desde el punto de vista técnico, la pintura demuestra el dominio absoluto de Largillierre sobre el color y las texturas. El contraste entre el hábito claro y el fondo oscuro crea un efecto de claridad y pureza, mientras que los pliegues del tejido están tratados con una precisión casi táctil, sello distintivo del artista. Aunque es una obra tardía, conserva toda la elegancia y seguridad de uno de los grandes retratistas de su tiempo.

Actualmente, esta obra se conserva en la National Gallery of Art de Washington, donde es valorada tanto por su calidad pictórica como por su interés histórico. El retrato no solo inmortaliza a una figura concreta, sino que también refleja el mundo de las comunidades religiosas inglesas en el exilio y el refinamiento del retrato europeo del siglo XVIII, convirtiéndose en una pieza de gran riqueza artística y cultural.






Bibliografía : El Poder del Arte